Cosas Perdidas
Barcelona, madrugada de domingo. Aún no salió el sol, está fresco y el taxi espera en la puerta. Baja las escaleras con dos valijas enormes y pesadas, la valija de mano, la computadora en el maletín de la Elisava y una campera por si el frío lo obliga a emponcharse más de lo habitual. Después de todo, el viaje es largo y con una escala eterna en Roma (valga la redundancia, pensó).
La madrugadora taxista, no muy alta, fornida, rubia reciente, hablaba castellano con acento de Hospitalet. Tres minutos más tarde sabía toda la historia de esa mujer que hacía ya 19 años había llegado de Ecuador y con mucho esfuerzo había conseguido comprar su casa y la licencia de taxi.
Al llegar a la nueva terminal del aeropuerto, buscó un carro y, con la ayuda de Elsa (así se llamaba) acomodó todas las maletas bajo la advertencia de que no le permitirían facturar tanto peso.
Había comenzado su mudanza de Barcelona a Buenos Aires, por lo que las valijas iban llenas de cosas cargadas en mayor o menor medida de una importante carga emotiva: sábanas, frazadas, portarretratos, toallas, mantas, platos, ropa, tapices, láminas de Picasso, su título profesional, libros...
Se quedó pensando en el comentario mientras avanzaba hacia los mostradores, se acercó a las máquinas de plastificar el equipaje (intentaba evitar que le roben en Ezeiza los regalos que traía) para que le informen que el servicio costaba “sólo” seis euros. Con la información, fue a un mostrador vacío a pesar las valijas.
Primero el equipaje de mano: 10 kilos. No tan mal, pensó, si puedo llevar 8, nadie me dirá nada.
Segundo, el bolso con ropa: 23 kilos, perfecto.
Para el final dejó la valija grande. Era tan pesada que le costó levantarla. Al apoyarla en la balanza no lo pudo creer: 34.9 kilos, casi 12 más de lo permitido...
Tenía que bajar el peso de esa maleta, y la única forma para eso era sacar cosas. Para peor, estaba solo, y eso le daba un solo destino a las cosas: la basura.
Pensó rápidamente en lo que llevaba allí dentro, y empezaron a delinearse los futuros habitantes de la papelera del aeropuerto: los 12 platos (4 playos, 4 hondos y 4 de postre) que al verlos le evocaron la cara de los padres de su ex; los libros de logística aérea y marítima que le había regalado Leandro; el enorme plato cuadrado de cerámica delicadamente decorado traído de Breda; el Decameron de Bocaccio; tres latas de aceitunas rellenas con anchoas, regalo para su hermano; la paella de 34 centímetros de diámetro.
Distribuyó las cosas restantes entre las 3 maletas y obtuvo un resultado aceptable: 12, 26 y 27 kilos (más tarde subirían sin problemas al avión).
Dejó las aceitunas sobre el mostrador del aeropuerto para que alguien pudiera aprovecharlas y llevó el resto de las cosas a la papelera más cercana. Primero los platos, después el centro de mesa, los libros, la paella, fueron perdidos para siempre.
Viajó a Roma, su escala en el viaje a Buenos Aires, sacudido por la fuerte impronta de estar cerrando una etapa, pero conservando amigos y afectos, que son lo que nos une a los lugares en los que alguna vez hemos vivido.

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