Y si acaso no brillara el sol.
¿Cómo no rebelarse contra la muerte?
¿Cómo creer en un dios egoísta que nos quita antes de tiempo a los que amamos y a los que nos regalan belleza?
Mientras nado entre sentimientos de bronca, rebeldía, impotencia y dolor frente a la muerte, y al mismo tiempo emoción permanente y alegría por el amor con que la gente manifiesta su agradecimiento, pienso un poco.
La muerte temprana, cuando el que se va todavía tenía mucho por dar, siempre nos golpea duro. "La muerte es más muerte si el que muere es joven" dijo hace unos días Bernardo Erlich.
A lo largo del tiempo que pasamos acá nos aferramos a personas, creencias, ideologías, que -creemos- hacen que el mundo (nuestro mundo) sea un mejor lugar para vivir. Y en una actitud de supervivencia egoísta esperamos que todo eso que nos sostiene, se mantenga hasta el final, nuestro final; el de uno mismo.
Pasa que no contamos con que la muerte es parte de la vida, y que siempre llega antes de lo que esperamos (salvo los canallas de siempre, para quienes un día más de su inmunda vida es un regalo inmerecido). Acá está, entonces la cuestión: los días son pocos, nunca sabés cuándo te van a tocar la puerta. Y cuando tocan a tu puerta es tarde, no te enterás jamás de lo que pasó después.
Creo que parte de la admiración hacia quienes pueblan nuestra vida de arte, de poesía, de belleza, de música, pasa justamente por esa posibilidad de que su legado transforme y haga florecer el mundo, al menos en la pequeña parte sobre la que irradian su luz.
Nos duele la pérdida, pero nos conforta y nos reconforta la vida de quien dejó tanto amor en sus canciones, sus poesías, sus palabras, su música, y tanta vida y amor en sus hijos y sus nietos.
Te vamos a extrañar, Luis. Demasiado mucho nos vas a faltar.

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