¿Yo? Inimputable

Como todos los blogs: un rejuntado pretencioso de cosas que en una de esas sólo me gustan a mí. Al que no le gusta, que se joda.

viernes, febrero 10, 2012

Y si acaso no brillara el sol.

¿Cómo no rebelarse contra la muerte?
¿Cómo creer en un dios egoísta que nos quita antes de tiempo a los que amamos y a los que nos regalan belleza?

Mientras nado entre sentimientos de bronca, rebeldía, impotencia y dolor frente a la muerte, y al mismo tiempo emoción permanente y alegría por el amor con que la gente manifiesta su agradecimiento, pienso un poco.
La muerte temprana, cuando el que se va todavía tenía mucho por dar, siempre nos golpea duro. "La muerte es más muerte si el que muere es joven" dijo hace unos días Bernardo Erlich.

A lo largo del tiempo que pasamos acá nos aferramos a personas, creencias, ideologías, que -creemos- hacen que el mundo (nuestro mundo) sea un mejor lugar para vivir. Y en una actitud de supervivencia egoísta esperamos que todo eso que nos sostiene, se mantenga hasta el final, nuestro final; el de uno mismo.
Pasa que no contamos con que la muerte es parte de la vida, y que siempre llega antes de lo que esperamos (salvo los canallas de siempre, para quienes un día más de su inmunda vida es un regalo inmerecido). Acá está, entonces la cuestión: los días son pocos, nunca sabés cuándo te van a tocar la puerta. Y cuando tocan a tu puerta es tarde, no te enterás jamás de lo que pasó después.

Creo que parte de la admiración hacia quienes pueblan nuestra vida de arte, de poesía, de belleza, de música, pasa justamente por esa posibilidad de que su legado transforme y haga florecer el mundo, al menos en la pequeña parte sobre la que irradian su luz.

Nos duele la pérdida, pero nos conforta y nos reconforta la vida de quien dejó tanto amor en sus canciones, sus poesías, sus palabras, su música, y tanta vida y amor en sus hijos y sus nietos.

Te vamos a extrañar, Luis. Demasiado mucho nos vas a faltar.

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miércoles, junio 08, 2011

Cosas Perdidas


Barcelona, madrugada de domingo. Aún no salió el sol, está fresco y el taxi espera en la puerta. Baja las escaleras con dos valijas enormes y pesadas, la valija de mano, la computadora en el maletín de la Elisava y una campera por si el frío lo obliga a emponcharse más de lo habitual. Después de todo, el viaje es largo y con una escala eterna en Roma (valga la redundancia, pensó).
La madrugadora taxista, no muy alta, fornida, rubia reciente, hablaba castellano con acento de Hospitalet. Tres minutos más tarde sabía toda la historia de esa mujer que hacía ya 19 años había llegado de Ecuador y con mucho esfuerzo había conseguido comprar su casa y la licencia de taxi.
Al llegar a la nueva terminal del aeropuerto, buscó un carro y, con la ayuda de Elsa (así se llamaba) acomodó todas las maletas bajo la advertencia de que no le permitirían facturar tanto peso.
Había comenzado su mudanza de Barcelona a Buenos Aires, por lo que las valijas iban llenas de cosas cargadas en mayor o menor medida de una importante carga emotiva: sábanas, frazadas, portarretratos, toallas, mantas, platos, ropa, tapices, láminas de Picasso, su título profesional, libros... 
Se quedó pensando en el comentario mientras avanzaba hacia los mostradores, se acercó a las máquinas de plastificar el equipaje (intentaba evitar que le roben en Ezeiza los regalos que traía) para que le informen que el servicio costaba “sólo” seis euros. Con la información, fue a un mostrador vacío a pesar las valijas. 
Primero el equipaje de mano: 10 kilos. No tan mal, pensó, si puedo llevar 8, nadie me dirá nada.
Segundo, el bolso con ropa: 23 kilos, perfecto.
Para el final dejó la valija grande. Era tan pesada que le costó levantarla. Al apoyarla en la balanza no lo pudo creer: 34.9 kilos, casi 12 más de lo permitido...

Tenía que bajar el peso de esa maleta, y la única forma para eso era sacar cosas. Para peor, estaba solo, y eso le daba un solo destino a las cosas: la basura.

Pensó rápidamente en lo que llevaba allí dentro, y empezaron a delinearse los futuros habitantes de la papelera del aeropuerto: los 12 platos (4 playos, 4 hondos y 4 de postre) que al verlos le evocaron la cara de los padres de su ex; los libros de logística aérea y marítima que le había regalado Leandro; el enorme plato cuadrado de cerámica delicadamente decorado traído de Breda; el Decameron de Bocaccio; tres latas de aceitunas rellenas con anchoas, regalo para su hermano; la paella de 34 centímetros de diámetro. 

Distribuyó las cosas restantes entre las 3 maletas y obtuvo un resultado aceptable: 12, 26 y 27 kilos (más tarde subirían sin problemas al avión).

Dejó las aceitunas sobre el mostrador del aeropuerto para que alguien pudiera aprovecharlas y llevó el resto de las cosas a la papelera más cercana. Primero los platos, después el centro de mesa, los libros, la paella, fueron perdidos para siempre.
Viajó a Roma, su escala en el viaje a Buenos Aires, sacudido por la fuerte impronta de estar cerrando una etapa, pero conservando amigos y afectos, que son lo que nos une a los lugares en los que alguna vez hemos vivido.

martes, junio 07, 2011

VALIENTES (Un cuento mío)

Quién hubiera imaginado que algún día estaríamos los dos así, en esta situación, vos en la cama y yo cuidándote… ¡Lo que son las jugadas de la vida!

Claro que te acordás, no pongas esa cara. Cómo no te vas a acordar si fuiste vos el que nos llevó a todos. Eras el más valiente, te animabas a todo lo que ninguno de nosotros se atrevía, te aventurabas antes que nadie a los lugares más extraños, más desesperantemente horribles. Tenías un coraje que siempre me pareció sobrenatural, parecías tener control sobre las fuerzas de la naturaleza. Eras a quien todos seguíamos. Nunca te fallaban los cálculos, siempre las cosas salían como vos asegurabas que iban a salir, ¡cómo no seguirte...!

¿Te acordás? Nos juntamos en la casa de tu abuela, que nos quedaba cerca a todos y, como nuestros padres conocían a los tuyos y a tu abuela, nos dejaban ir solos. Aquel día no faltó nadie, fueron llegando de a uno: yo fui el primero, después aparecieron Camilo, Esteban, Sartori (no me puedo acordar del nombre, ¿vos?), El Anguila (qué flaco y escurridizo era el canalla ese!), Pablo, el Petiso Giovanelli y el Perro Zaldívar. Cuando estuvimos todos, tocamos el timbre para que tu abuela supiera que estábamos por ahí (coartada, le dicen). Teníamos que tener todo planeado, no era fácil en esa época escaparse del radar de los mayores, especialmente si uno tenía amigos como vos, je.
Saludaste a la abuela, vamos a jugar a la plaza le dijiste, y salimos en fila siguiéndote. Era principios de septiembre creo, cuando el solcito empieza a picar a la hora de la siesta, y si mirás el sol cerrando los ojos te invade una increíble sensación de gloria... Pasamos en silencio absoluto por adelante de las casas de Pablo y del Petiso, y enfilamos hacia la estación.

Era la estación del tren, abandonada hacía unos cuantos años, cuando el ramal que iba a la capital se cerró y ahí quedaron (hasta que los fueron robando de a poco) todos los muebles, relojes, teléfonos, vagones, chatas, herramientas, durmientes, rieles, que parecían estar esperándonos cada vez que nos escapábamos a jugar por ahí. Pero esta vez era distinto. Dijiste que se iban a acordar de nosotros sin saber quién había sido. Que era nuestra oportunidad de pasar a la historia, de sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Que no nos preocupemos porque iba a ser rápido y seguro. Y por supuesto, te seguimos...

Los fósforos los había llevado Zaldívar y el kerosene se lo robaste a tu abuela; ya no era época para usar la estufa, imposible que se dé cuenta. Estábamos muertos de miedo pero hicimos todo en un momento, echamos combustible alrededor del edificio y cuando nos metimos en el local y empezamos a tirar kerosene, en un segundo de descuido cerraste la puerta, la trabaste por fuera y saliste corriendo. La desesperación nos invadió. Te odié profundamente. Golpeamos, te gritamos, y esa desesperación empezó a hacerse pánico. No había luz, sólo un poderoso olor al combustible que comenzaba a evaporarse, aumentando nuestro temor ignorante de que todo se prenda fuego por el calor que crecía de a poco. Intentamos abrir la puerta, destrabar las ventanas, subirnos y encontrar un entresuelo con alguna clase de trampa para salir pero nada. Seguimos gritando y cuando ya empezábamos a marearnos, Camilo encontró en el suelo la entrada a un sótano que estaba totalmente a oscuras. No teníamos fósforos (usarlos hubiera sido una locura) así que bajé con cuidado de no partirme el cuello y, a tientas, encontré una pequeña puerta que daba a otra sala con una banderola al exterior por donde entraba la luz. Mis alaridos hicieron que en menos de cinco minutos todos salgamos como flechas hacia afuera, donde el sol parecía más fuerte y glorioso que nunca. Te odié profundamente.

Desde ese día no te volví a ver. Por suerte no éramos compañeros de colegio, sólo éramos amigos del barrio, y eso facilitó mucho las cosas. Con el resto de los chicos nos seguimos viendo, pero nunca más se habló de lo que pasó. La vida transcurrió y pasaste a ser sólo el fantasma de un mal recuerdo que se repite periódicamente y a veces no me deja dormir por las noches.

Ahora estás ahí, postrado, inmóvil y tratando de hacerme callar con la mirada. No podés hablar. No te podés mover. Ni siquiera podés respirar solo, necesitás que ese aparato te ayude porque sino la palmás en un ratito. Cuando supe lo que te había pasado, pensé mucho antes de venir a ofrecerme. Necesitaba la guita, pero mucho más deseaba estar acá en este momento. Hablé con tu vieja y terminé cuidándote yo. Pobre tu mamá, le tocó hacerse cargo de vos en este estado, y todo porque vos nunca aflojaste en casarte con Norita. Al final sos un boludo, era un bombón y le colgaste la galleta...

Ehhh! Esos ojos desorbitados, esa desesperación, esa asfixia, ¿es miedo tal vez? No, miedo no puede ser, si según los médicos seguís siendo un valiente, que enfrentaste todo lo que te pasó con un coraje que nunca habían visto en otros pacientes. ¿O sí es miedo? En realidad no me importa demasiado, el miedo es parte del alma humana y algún día te tocaría descubrirlo. ¿Ves? Así se desenchufa un respirador. Por suerte no podés gritar, sería insoportable tener que aguantar tus quejidos. Chau Pato, me voy a poner la pava para tomar unos mates y en un rato conecto todo de nuevo (coartada, le dicen). O no, no sé, igual no me importa.

¿Viste qué valiente lo mío? Casi tanto como lo tuyo hace 30 años.


Diciembre 2010

viernes, junio 09, 2006

Vuelve a empezar (otra versión)

"Cierto día de verano estaba en la playa observando dos chicas brincando en la arena, trabajaban mucho construyendo un castillo de arena con torres, pasadizos ocultos y puentes. Cuando estaban acabando vino una ola destruyendo todo, reduciendo el castillo a un montón de arena y espuma. Pensé que después de tanto esfuerzo las chicas comenzarían a llorar, pero en vez de eso, corrieron por la playa riendo y jugando y comenzaron a construir otro castillo.
Comprendí que había aprendido una gran lección; gastamos mucho tiempo de nuestra vida construyendo alguna cosa, pero cuando más tarde una ola llega a destruir todo, sólo permanece la amistad, el amor y el cariño, y las manos de aquellos que son capaces de hacernos sonreír"


Diario Qué!, jueves 08/06/2006, última página