Quién hubiera imaginado que algún día estaríamos los dos así, en esta situación, vos en la cama y yo cuidándote… ¡Lo que son las jugadas de la vida!
Claro que te acordás, no pongas esa cara. Cómo no te vas a acordar si fuiste vos el que nos llevó a todos. Eras el más valiente, te animabas a todo lo que ninguno de nosotros se atrevía, te aventurabas antes que nadie a los lugares más extraños, más desesperantemente horribles. Tenías un coraje que siempre me pareció sobrenatural, parecías tener control sobre las fuerzas de la naturaleza. Eras a quien todos seguíamos. Nunca te fallaban los cálculos, siempre las cosas salían como vos asegurabas que iban a salir, ¡cómo no seguirte...!
¿Te acordás? Nos juntamos en la casa de tu abuela, que nos quedaba cerca a todos y, como nuestros padres conocían a los tuyos y a tu abuela, nos dejaban ir solos. Aquel día no faltó nadie, fueron llegando de a uno: yo fui el primero, después aparecieron Camilo, Esteban, Sartori (no me puedo acordar del nombre, ¿vos?), El Anguila (qué flaco y escurridizo era el canalla ese!), Pablo, el Petiso Giovanelli y el Perro Zaldívar. Cuando estuvimos todos, tocamos el timbre para que tu abuela supiera que estábamos por ahí (coartada, le dicen). Teníamos que tener todo planeado, no era fácil en esa época escaparse del radar de los mayores, especialmente si uno tenía amigos como vos, je.
Saludaste a la abuela, vamos a jugar a la plaza le dijiste, y salimos en fila siguiéndote. Era principios de septiembre creo, cuando el solcito empieza a picar a la hora de la siesta, y si mirás el sol cerrando los ojos te invade una increíble sensación de gloria... Pasamos en silencio absoluto por adelante de las casas de Pablo y del Petiso, y enfilamos hacia la estación.
Era la estación del tren, abandonada hacía unos cuantos años, cuando el ramal que iba a la capital se cerró y ahí quedaron (hasta que los fueron robando de a poco) todos los muebles, relojes, teléfonos, vagones, chatas, herramientas, durmientes, rieles, que parecían estar esperándonos cada vez que nos escapábamos a jugar por ahí. Pero esta vez era distinto. Dijiste que se iban a acordar de nosotros sin saber quién había sido. Que era nuestra oportunidad de pasar a la historia, de sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Que no nos preocupemos porque iba a ser rápido y seguro. Y por supuesto, te seguimos...
Los fósforos los había llevado Zaldívar y el kerosene se lo robaste a tu abuela; ya no era época para usar la estufa, imposible que se dé cuenta. Estábamos muertos de miedo pero hicimos todo en un momento, echamos combustible alrededor del edificio y cuando nos metimos en el local y empezamos a tirar kerosene, en un segundo de descuido cerraste la puerta, la trabaste por fuera y saliste corriendo. La desesperación nos invadió. Te odié profundamente. Golpeamos, te gritamos, y esa desesperación empezó a hacerse pánico. No había luz, sólo un poderoso olor al combustible que comenzaba a evaporarse, aumentando nuestro temor ignorante de que todo se prenda fuego por el calor que crecía de a poco. Intentamos abrir la puerta, destrabar las ventanas, subirnos y encontrar un entresuelo con alguna clase de trampa para salir pero nada. Seguimos gritando y cuando ya empezábamos a marearnos, Camilo encontró en el suelo la entrada a un sótano que estaba totalmente a oscuras. No teníamos fósforos (usarlos hubiera sido una locura) así que bajé con cuidado de no partirme el cuello y, a tientas, encontré una pequeña puerta que daba a otra sala con una banderola al exterior por donde entraba la luz. Mis alaridos hicieron que en menos de cinco minutos todos salgamos como flechas hacia afuera, donde el sol parecía más fuerte y glorioso que nunca. Te odié profundamente.
Desde ese día no te volví a ver. Por suerte no éramos compañeros de colegio, sólo éramos amigos del barrio, y eso facilitó mucho las cosas. Con el resto de los chicos nos seguimos viendo, pero nunca más se habló de lo que pasó. La vida transcurrió y pasaste a ser sólo el fantasma de un mal recuerdo que se repite periódicamente y a veces no me deja dormir por las noches.
Ahora estás ahí, postrado, inmóvil y tratando de hacerme callar con la mirada. No podés hablar. No te podés mover. Ni siquiera podés respirar solo, necesitás que ese aparato te ayude porque sino la palmás en un ratito. Cuando supe lo que te había pasado, pensé mucho antes de venir a ofrecerme. Necesitaba la guita, pero mucho más deseaba estar acá en este momento. Hablé con tu vieja y terminé cuidándote yo. Pobre tu mamá, le tocó hacerse cargo de vos en este estado, y todo porque vos nunca aflojaste en casarte con Norita. Al final sos un boludo, era un bombón y le colgaste la galleta...
Ehhh! Esos ojos desorbitados, esa desesperación, esa asfixia, ¿es miedo tal vez? No, miedo no puede ser, si según los médicos seguís siendo un valiente, que enfrentaste todo lo que te pasó con un coraje que nunca habían visto en otros pacientes. ¿O sí es miedo? En realidad no me importa demasiado, el miedo es parte del alma humana y algún día te tocaría descubrirlo. ¿Ves? Así se desenchufa un respirador. Por suerte no podés gritar, sería insoportable tener que aguantar tus quejidos. Chau Pato, me voy a poner la pava para tomar unos mates y en un rato conecto todo de nuevo (coartada, le dicen). O no, no sé, igual no me importa.
¿Viste qué valiente lo mío? Casi tanto como lo tuyo hace 30 años.
Diciembre 2010